
Carla Fontes decidió dejar de hablar. Y de escribir. Fue una mañana de niebla, la de un 1 de enero mientras paseaba por el campo y la densidad de las nubes a ras de tierra le impedía ver con nitidez la naturaleza que se desplegaba a su alrededor.
No hablaría ni escribiría nunca más, por rebeldía o quizás como reconocimiento de una derrota, puede que fuera una reacción alérgica a la dependencia de las palabras, su omnipresencia, el obligado peaje para llegar a los objetos y a los hechos, como protesta inútil a la constatación de que sus palabras tramaban una red como esas minúsculas gotas de agua tejían un velo de niebla que tamizaba la naturaleza que se extendía en todas direcciones.
Quizás no aceptó que los hechos eran inevitablemente transformados por su relato y que además éste también era alterado cuando alguien lo escuchaba o lo leía. Y quizás llegó a la conclusión de que la única forma de acercarse a la realidad era no contarla, no contaminarla de palabras y sumergirse en ella como en un océano, una nube o un sueño.
Carla nunca explicó por qué cuando servían croquetas o pavías se afanaba en separar meticulosamente la capa de fritura hasta desnudar el interior, ni su creciente aversión por las etiquetas y la ropa, sobre todo la ceñida.
Desde su silencio exploró otros, habitó en el silencio de los hombres y de las cosas, abstracto e irreal, deseado, existente por inexistente, un manto translúcido perceptible por imperceptible y capaz de hacer olvidar los sonidos como si nunca hubieran existido.
Y habitó la oscuridad, sólo posible como negación de la luz, también existente por inexistente, consecuencia de la anulación de la visión, con el poder de apagar objetos que siguen ahí.
Con una respiración muda, apagada, discreta, rítmica, como hilo de unión con un silencio y una oscuridad protectores, sinceros y reveladores, Carla se desveló en una desconexión experimental y consciente, o quizás fuera una conexión, inspirando el mundo y luego expirándose en él. Sin mediación ni intermediarios.
Hasta que perdió su nombre.
Receta de pavías
Estos son los ingredientes para unos deliciosos pavías de bacalao en los que un crujiente y anaranjado rebozado oculta un delicioso manjar, generalmente una tira generosa de merluza o bacalao.
Para 4 personas:
- 500 gramos de bacalao, cortado en tiras gruesas (unas 8 ó 10 tiras).
- 500 gramos de harina de trigo
- 250 mililitros de agua
- 125 mililitros de cerveza
- Zumo de 1 limón
- 1 huevo
- 1 sobre de levadura
- 1 pizca de cúrcuma para intensificar el tono del pavía
- 2 dientes de ajo
- Perejil fresco
- AVOE para freir los pavías
1.- El bacalao debe estar desalado. Si no es así, tres días antes debemos empezar el proceso para desalarlo sumergiéndolo en un recipiente con agua, reservándolo en la nevera y cambiando el agua tres veces por día. Después de estos tres días, las tiras de bacalao estarán listas para nuestros pavías.
2.- Si hemos desalado nosotros el bacalao, éste debe estar seco para elaborar los pavías, por lo que lo envolvemos en papel de cocina y dejamos reposar mientras preparamos la masa para que vaya soltando el agua.
3.- Para preparar la masa vertemos el agua y la cerveza en un bol, y a continuación añadimos al líquido el sobre de levadura, la sal y la cúrcuma (ésta es opcional; si nos decidimos por utilizarla, debe ser la punta de una cuchara de postre, muy poca cantidad, sólo para que dé color pero apenas sabor). A continuación vamos añadiendo poco a poco la harina, removiendo con unas varillas de cocina para que se vaya mezclando bien y quede homogéneo. Cuando hayamos terminado de incorporar la harina debe quedar una masa espesa, que no se desprenda de los trozos de bacalao cuando los saquemos de ella. Añadimos el huevo batido, el zumo de un limón, los dos dientes de ajo picado y el perejil, también picado muy fino, y dejamos reposar quince minutos.
4.- Tras este cuarto de hora la masa habrá tomado algo más de cuerpo y será más fácil rebozar el bacalao. Ahora sólo quedará freír los pavías. Uno a uno vamos sumergiendo las tiras de bacalao en la masa y freímos directamente en aceite caliente, sin dar mucho tiempo a que la masa se separe del bacalao. En apenas tres minutos estará frito por ambos lados (dar la vuelta a mitad de tiempo), dependiendo siempre del tamaño de nuestros pavías.
5.- Más sencillo de lo que parece y más sabroso de lo que imaginas 😉
6.- Acabamos con una pregunta: ¿hemos cocinado unos pavías… o unas pavías?