Un estornudo fue suficiente para derribar la torre de juguete que la pequeña Paula estaba construyendo con unas piezas de madera irregulares y de colores vivos sobre la alfombra de su cuarto. Había logrado un equilibrio casi milagroso, pero al ver cómo se derrumbaba, sorprendida por la fragilidad de la estructura, rompió a llorar.

El llanto de Paula se mezcló con el sonido de la televisión que estaba encendida en el salón de la casa a pesar de que no había nadie viéndola y en la que los presentadores de un informativo se esforzaban por mantener una audiencia inexistente envolviendo las noticias en una mal disimulada carga dramática.
La última noticia que había escuchado el padre de Paula era la situación cada vez más preocupante en la frontera, con imágenes de militares bloqueando el paso e impidiendo la circulación de personas y mercancías. Aunque se sintió un poco ridículo, al final salió a la calle para comprar agua, latas de comida, linternas, pilas, una radio y todo lo que pudiera serles de utilidad si la situación seguía complicándose.
Su sensación de ridículo se incrementó al no encontrar nada, con las tiendas cerradas y los productos agotados. Intentó sacar dinero, pero los bancos estaban igualmente cerrados y los cajeros automáticos, apagados. La incertidumbre y el miedo se habían extendido por las noticias cada vez más alarmantes y alarmistas de las redes de comunicación y por los mensajes básicamente emocionales de las autoridades, con la mirada fija en el corto plazo. Entre todos dibujaban una situación condenada a acabar como el escenario de esas películas en las que una invasión extraterrestre amenaza con el fin de la civilización.
A su sensación de ridículo se unió la de impotencia y regresó a su casa para abrazar a Paula, que seguía llorando. Al ver las piezas de madera en el suelo imaginó cómo se habría derrumbado esa frágil estructura en apenas un segundo, por un pequeño detalle, y a la vez sonrió al pensar en esa parte irracional de los niños capaz de crear un problema de la nada.
Esa noche para cenar sacó del congelador un lomo de atún y lo cocinó encebollado porque era uno de los pocos platos de pescado que comía Paula; recogió la cocina y se acostó en cuanto pudo porque tenía que levantarse temprano para ir a trabajar en la cadena de montaje de la fábrica de muebles un día más, como tantos otros, como tanta gente, sabiéndose impotente y quizás sintiéndose aún un poco ridículo, tan irracional como racional.
Atún encebollado
Ingredientes para dos personas:
- ½ kg de atún cortado en dados de unos 2 centímetros de lado, aproximadamente
- 1 cebolla grande
- 3 dientes de ajo
- 1 hoja de laurel
- ½ cucharadita de pimentón dulce
- ½ vaso de vino blanco de guiso
Rectificamos de sal y… es un plato que se puede comer caliente o frío.
Empezaremos salpimentando los dados de atún; reservamos mientras preparamos el resto de ingredientes.
Pelamos y laminamos 3 dientes de ajo, y cortamos la cebolla en juliana.
En una sartén con un poco de aceite doramos los dados de atún; si la sartén no es suficientemente grande, lo hacemos por tandas, para que el atún no se cueza. Una vez dorado el atún, reservamos en un recipiente.
Añadimos un poco más de aceite a la sartén, doramos los ajos y añadimos la cebolla, la cual pochamos a fuego medio-bajo para que no coja color y quede transparente.
Cuando la cebolla esté transparente añadimos la cucharadita de pimentón, una hoja de laurel y medio vaso de vino blanco de guiso, y removemos rápido para que no se queme el pimentón.
Incorporamos el atún y añadimos medio vaso de agua, cocinando todo a fuego medio hasta que se consuma el agua y quede un fondo de salsa para acompañar el atún.